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Es una historia de mentiras... misterios y tabúes.

¿Qué Harías si un día te enteras que toda tu vida es una farsa... y que tus verdaderos orígenes no son tan humanos como pensabas?...


Frase de la semana

"La belleza puede ser motivo de desaliento, de profunda desolación, y así me sentí en su presencia"

Los ojos del Vampiro.
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lunes, 26 de octubre de 2009

Qué soy

Les dejo un nuevo capitulo de "La Mascarada" recuerden que este relato no es mio, si no la base de un juego.



Antes de que sigamos adelante, permíteme decirte que tienes una oportunidad sin precedentes. Mi especie no habla de si misma como la tuya… Ahora no, y por lo general nunca. Hemos pasado cinco siglos tejiendo un telón que llamamos la Mascarada para ocultaros el verdadero espectáculo, pero a fin de cuentas es bastante sencillo: los vampiros no queremos que los mortales sepáis de nuestra existencia. Es por el mismo motivo por el que el lobo no quiere que las ovejas sepan que esta cerca. Facilita mucho nuestro trabajo. Y Ali, por ejemplo, aunque tenemos los colmillos afilados con los que nos han marcado las noveluchas y las películas, los mortales no los veis si no los mostramos. Como ahora.
Te has puesto pálida, querida. Deja que yo me ponga pálido por los dos. Debo admitir que estoy decepcionado por tu sorpresa. Tómate un momento para tranquilizarte, si puedes. Para ser sincero, me temo que es la menor de las sorpresas que te esperan esta noche. Por favor, no pierdas el tiempo intentando dar con una explicación racional y científica, porque no hay ninguna. Soy lo que soy. Lo que muchos, muchos somos… demasiados, para algunos.
Condenación, ¿De verdad eres tan tonta? Vuelve a sentarte. He dicho que te sientes. Ahora mírame. Ssshhh, basta de gritos. Nadie va a venir a rescatarte y nadie va a llamar a la policía… no en este edificio. Los vecinos discretos son un regalo para alguien en mí situación. Es lago realmente victoriano, esa forma que tienen de ignorar todo lo que no ocurre directamente ante ellos.
Bueno, así que al fin tienes tu prueba. ¿Me crees ahora? Sí, lo que hay en la otra ampolla es sangre; por supuesto, si se sirve fría pierde mucho sabor, puedes probarla si quieres, pero no te lo recomiendo. No estás preparara para disfrutar de estas cosas, al menos ahora.
No empieces a anticipar mis intenciones, querida. Si pensase actuar de acuerdo con tus amados clichés, ya estarías muerta. Después de todo soy un depredador, y tú y tu especie sois mi presa.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Primer encuentro II




Salí del baño, agarré dinero de la billetera y me puse la campera. Cuando abrí la puerta para dirigirme al pueblo gran susto me llevé.
-¿Pero estas loco?, quieres matarme de un infarto, Nehuen siempre vamos a cruzarnos de esta forma.- Gruñí.
-Perdón, no era mi intención.- Dijo humildemente.
-Esta bien, ya pasó. A que viniste, que traes ahí.- Señale las bolsas que acarreaba
-Son algunas cosas, considerando que llegaste ayer, y en el momento que bajaste al pueblo no realizaste ninguna compra, lo cual considero tonto de tu parte, me imagine que hoy cuando te levantes no ibas a tener nada que desayunar, así que decidí traerte esto para comer, espero que no te moleste que lo compartamos. Yo tampoco aun probé bocado.- Me miro tan tiernamente que no pude resistirme y le hice seña para que entrara.
-Gracias. La verdad es que me salvaste la vida. Mientras me duchaba me iba haciendo la idea que tenía que bajar al pueblo. Lo cual implicaba una larga caminata y mis tripas ya comenzaron a comerme a mi.- Le sonreí, y arqueé las cejas de forma grácil. Los dos estábamos parados a un costado de la puerta sin movernos.
-Bueno… pero que esperas, vamos a preparar entonces un buen desayuno.- Se dirigió con las bolsas a la cocina y las dejo sobre la mesada.- ¿Lo preparas vos o yo?-
-¿Te parece unos huevos revueltos?, trajiste tocino, ¿Verdad?- Pregunté entusiasta, mientras me arremangaba la camiseta.
-Mejor lo preparo yo, sentate y contame que pensas hacer en el día de hoy.- Mientras decía esto me desplazó del lugar y se puso a sacar las frutas de la bolsa, encendió la hornalla y comenzó a cocinar. No preocupándome por que podía llegar a preparar despeje la cocina y fui a sentarme en el diván de la ventana
-Bueno, a decir verdad no tengo nada programado. Creo que voy a ir al pueblo a comprar y a recorrer un poco. Mi viaje se basa en averiguar algo de mi familia, así que seguramente hablare con algunos vecinos y volveré a casa. Trataré de familiarizarme con el lugar.- La idea de socializar no me atraía mucho, siempre fui mas solitaria e introvertida. La parte de hacerse conocer por los demás era la especialidad de Elba. Para ella cualquier persona con la que entablara una conversación superior a cinco minutos pasaba a convertirse a su criterio en amigo.
Cada tanto Nehuén se daba vueltas para mirarme y luego continuaba preparando el desayuno.
A los pocos minutos salió de la cocina.
-¡A comer!- exclamó y vino al comedor y puso sobre la mesa una bandeja llena de comida. Me acerque a la mesa y me senté.
- ¡wooow! Creo que con el hambre que tengo puedo comerme todo yo sola.- Me reí al ver su cara de sorpresa.- No te preocupes, lo compartiremos.- Agregué.
-No sabía que te gustaba, así que prepare variedad.- Me señaló todo lo que había.
La bandeja traía dos vasos con jugo de naranja exprimido, una tetera con agua caliente y otra con café, sobres de diferentes sabores de té, tostadas con pan casero, manteca y tres gustos de mermelada.
Le mire muy complacida y comenzamos a desayunar.
- Así que no tienes planes, si quieres enseguida te armo un itinerario por el lugar.- Sugirió amablemente mientras comíamos.
-No gracias, la próxima vez, quiero estar sola…Ahora que puedo.- dije entre dientes al final de la frase revoleando mis ojos.
- Como gustes no voy a insistirte, no me caracterizo en eso.-
- Despreocúpate, no lo voy a lamentar. Cambiando de tema, puedo preguntar algo que anoche me dejó intrigada.- Tenia que arriesgarme y saber que fue lo que sucedió en el bosque la noche anterior. Le mire seria pero relajada, no quería que se vaya a la mitad de mi pregunta como era su costumbre.

viernes, 21 de agosto de 2009

Bienvenida II


Cerré la puerta. Todo fue tan rápido, y fuera de lugar que no asimilaba lo sucedido minutos antes. Dejé todo tal y como estaba, no podía moverme más. El astro rey ya se encontraba bien en lo alto, seguramente sería casi mediodía. El cansancio comenzó a apoderarse de mi cuerpo. Fui hasta el diván me recosté en él, deje mi mirada perdida en el paisaje. Seguía pensando en la visita de Nehuén mientras el sol calentaba mi ropa. Trataba de armar una idea aceptable de que hacia tan lejos de su casa, su comportamiento misterioso, pero lo más importante, era entender la reacción que tuvo cuando le dije que mis abuelos eran los dueños del lugar. El sueño me invadió.
Cuando volví a la realidad el calor que se había apoderado de mi consciencia ya no estaba. Las primeras estrellas asomaban a lo lejos, la luna se empezaba a vislumbrar. Era de no creer. Perdí todo el día durmiendo, giré la cabeza hacia el interior de la casa y ver los bolsos en el comedor resultaba muy frustrante.
Junte fuerzas y me levanté. Caminé en busca de las maletas, me las puse al hombro y subí la escalera rumbo al dormitorio.
Las deje a un costado del ropero, pero antes saque de mi mochila de mano el diario de mi abuela y lo coloque en la mesa de luz que se ubicaba a la derecha de la cama. También acomode el portarretratos con reloj que me había regalado Elba para mi último cumpleaños. Del bolso más grande saqué un poco de ropa y la puse en una cajonera. Mire el reloj eran las seis de la tarde, aun no anochecía pero el sol ya comenzaba a ocultarse entre las montañas, las estrellas momento a momento se dibujaban con mas claridad en la inmensidad del cielo. Antes de que terminara el día tenía que llamar a mamá. De no hacerlo correría el riesgo que llame a la guardia nacional para llevarme de vuelta a casa. Era un riesgo que estaba decidida a no correr.
Salí del dormitorio fui hasta el baño a refrescarme la cara. Era un zombi, las ojeras llegaban al piso. A pesar de mi aspecto deplorable, lo cual era entendible, para cualquier persona que hubiera estado un día y medio de viaje, tenia que bajar al pueblo. Mi próxima misión era llamar a Elba y tratar de hacerle entender que estaba todo bien y que mi vida no corría peligro, que en el avión no contraje gripe, y que no consumí ninguna bebida que me hubieran dado abierta. Con una madre como ella una nunca estaba realmente preparada para dar una respuesta normal. Con Elba siempre lo irracional y extremo era a lo que había que atenerse.
Sin el peso de los bolsos el camino al pueblo se me hizo corto, aunque también ayudaba que sea barranca abajo, la gravedad hacia el trabajo duro del descenso.
A la luz del ocaso se apreciaba de otra forma el lugar. Todo era acogedor, los negocios eran una casita al lado de la otra. Las calles estaban iluminadas por farolas de luz ámbar. Por las ventanas de algunas casas se veía a la gente merendando, reunida en familia. A medida que avanzaba más feliz me sentía de estar en ese lugar tan maravilloso. Con un aire tan puro que mis pulmones no daban abasto para poder aspirarlo. Todo olía a tierra mojada. Allí no existía el sonido de los autos con el ronroneo ensordecedor de los motores, y menos bocinas y gritos. Era perfecto.
Cuando llegue a la proveeduría mire al vendedor y salude muy cortésmente.
- Buenas tardes, ¿Podría usar el teléfono? – pregunte amablemente.
- ¡Tú eres la forastera!, bienvenida a Aguada del Zorro- Exclamó sonriente, lo mire con cara de desinterés. – Perdón por la euforia, no solemos tener nuevos habitantes en el pueblo, cada llegada es una fiesta. Debes estar agotada por el viaje, utiliza el teléfono, funciona con monedas.-
Al escuchar sus palabras abrí tanto mis ojos que arquee las cejas. Le miré intrigada de cómo sabia tanto si aun no había hablado con nadie. Pero en ese momento recordé a Nehuén, seguramente él habría contado de mí. Al parecer se cumplía el conocido proverbio “pueblo chico, infierno grande”. El señor de la tienda continuaba mirándome, de manera que lo ignore y fui hasta el teléfono.
Inserté unas monedas que había cambiado en el aeropuerto y marqué el número de casa.
No alcanzo a sonar por segunda vez que escuché la voz de Elba al otro lado.
- Dana, cariño ¿Eres tú?- dijo mamá, se la escuchaba muy preocupada, llegando al limite de la desesperación.
-Si mamá, tranquila estoy bien.- dije con la voz lo mas relajada que podía simular. Lo único que tenía que hacer era tratar de hacerla entrar en razón, si yo no hablaba convencida no podría convencerla a ella.
-¿Estas bien, te pasó algo, porque decidiste irte como si nada? ¿Acaso hice algo mal?
Vamos mi vida volvé a casa, estas cometiendo una locura.- suplicó preocupada.
- Mamá tranquila. Vamos por partes, demasiadas preguntas juntas. Si, estoy bien, encontré la casa de los abuelos, bueno en realidad encontré tu casa, vos también viviste aquí mucho tiempo. Necesito quedarme, hay muchas preguntas en mi vida que no tienen respuesta y se que en casa no las voy a conseguir. Y antes que me interrumpas te aviso que no voy a volver, no por ahora.- el final de la frase la hice con tono rotundo y determinante, debía dejarla tranquila para poder empezar mi búsqueda sin culpa.
-De acuerdo – dijo sin decir ninguna contradicción. – Creo que es ridículo de mi parte amenazarte por teléfono para que vuelvas. De manera que puedes quedarte. Pero debes llamarme diariamente. ¿De acuerdo?- Su voz dejó de ser preocupada y sonó distante.
-No creo que tan a menudo pero prometo llamarte- Estaba totalmente bloqueada, Elba había aceptado que me quedara a miles de kilómetros sola, sin hacer ningún cuestionamiento. Eso era muy sorprendente. O tal vez no, ella quería que yo me enterara de algo o solo consideraba que pronto me daría por vencida y volvería a casa. Sea lo que sea que ella piense yo me mantendría firme por mi decisión.
-Mamá, ¿Estas bien?, no vas a cuestionarme nada, no preguntaras si contraje gripe en el avión o alguna enfermedad que solo se da un caso en un millón. – Necesitaba saber un poco más de lo que ella pensaba en ese momento.
-No Dana, no preguntaré nada. Has decidido irte sin contármelo, me he tenido que enterar de tu decisión por medio de una nota. Como crees que me siento al saber que mi hija no tuvo la suficiente confianza con su madre. No quiero seguir pensando, no por ahora, has lo que tengas que hacer y vuelve a casa. ¿Esta bien?- Su tono de voz era decepcionado, Elba había atacado por mi lado mas frágil, la culpa. Y estaba funcionando, levante la vista y vi que el vendedor aun tenía la vista clavada en mi, estaba intentando escuchar lo que hablaba.
Junte valor y trate de no caer en el profundo sentimiento de la culpa y el remordimiento porque eso arruinaría mis planes.
-Gracias mamá, te amo, te llamare en unos días. Bye.- Era lo único que se me ocurrió decir para cortar el ambiente de la conversación.
-Adiós Dana no te olvides de llamar –
Ambas cortamos el teléfono a la vez. Me dirigí nuevamente al mostrador. Saludé al vendedor y salí de la tienda.
Fuera estaba oscuro, el sol bajó rápidamente. Las calles estaban iluminadas por los faroles, y las pocas personas que antes vagaban en la calle ya no se encontraban ahí. La noche estaba fría y no tenía ningún abrigo. Vestía solo una camiseta verde musgo, mis jeans de viaje y unas zapatillas que usaba diariamente.
Comencé a caminar por el sendero que iba directo a casa. En mi cabeza no dejaba de dar vueltas la conversación con Elba. Por un lado me quité un peso de encima al saber que ella conocía mi paradero, y también convivía en mí la dualidad de haberle hecho eso a Elba, ella tenia razón no se lo merecía pero sabía que si me quedaba en Seattle nunca me dirían la verdad sobre mi pasado.
El camino de la montaña se hizo largo, más del que imaginé. La noche era cerrada, la luna se había escondido entre unos nubarrones, seguramente llovería, pero no podía pronosticarlo bien, no conocía el comportamiento del clima en Aguada. Solo se oía el ruido de los grillos y del viento. Todo lo que antes era de ensueño ahora me resultaba tétrico. Continúe caminando para llegar a casa. El bosque me asustaba lo suficiente.
-Si tan solo tuviera una linterna, o mi teléfono móvil para hacer un poco de luz.- Pensaba en voz alta, y de pronto escuche un ruido de hojas crujiendo. El corazón comenzó a palpitar tan deprisa que se me salía del pecho. Junte coraje y grité la típica pregunta tonta. - ¿Quién anda ahí?, salga.- Mire a mi alrededor y levante una rama bastante gruesa, en caso de tener que defenderme la usaría. Nadie respondió.
-¡Vamos! Muéstrese, no le tengo miedo, no se esconda.- Decía con el mayor coraje que lograba juntar. Nadie se manifestaba pero el sonido de las hojas secas quebrajarse aun lo oía. Tal vez estaba un poco sugestionada, seguramente algún animalito salvaje andaría rondando y yo estaba interrumpiendo su cacería. Deseaba que ese animalito salvaje sea una liebre o alguna oveja perdida, algo inofensivo. Aceleré el paso, puse todos mis sentidos en alerta. El sonido se había detenido. Eso me tranquilizó, ya que hacía cierta mi hipótesis de un animal sea el productor del sonido.
La casa aun no se encontraba cerca, aunque no lo discernía con exactitud. Calcular el tiempo no era mi fuerte y en ese momento menos. Volví a escuchar el sonido que me había asustado mas cerca de mí, era como si me estuvieran siguiendo. Empecé a correr por el bosque con el palo en la mano y sin importarme nada. El miedo ya no era controlable.
Corría tan rápido como me lo permitían los pies, además de todo, tenía que mirar bien de no tropezarme con las raíces de los árboles.
El sonido prácticamente me pisaba los talones, me di vuelta para mirar atrás mientras seguía corriendo, y de golpe algo me agarró, y me sostuvo. El corazón se me detuvo y grite sin poderme contener.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Decision II

A medida que me alejaba, comenzaba a añorar todo lo que veía e iba dejando atrás. Elba estaba de guardia en el hospital y llegaría a casa pasado el mediodía. Cuando halle la nota, creo que todo el barrio sentiría su grito. Grito que definiría una mezcla de ira con la desesperación, acompañado de la celebre frase “¿Qué hice para merecer esto? Por suerte mis oídos no tendrían q escucharlo. Para ese entonces ya estaría en vuelo.

Más de un día de viaje transitó y aun no había llegado a destino, mi cuerpo estaba exhausto, necesitaba localizar un lugar donde descansar, pero a la vez la curiosidad por llegar era más fuerte. Respiré ondo y me subí al primer taxi que encontré en la puerta del aeropuerto.
El paisaje había cambiado totalmente, ya dejaba de ver las tonalidades ocres de Seatlle, sino que el verde sobresalía rotundamente, a pesar que en esta parte del hemisferio estaba en primavera, aun se podía sentir un frío cortante, había mucha bruma. Mire el reloj y marcaban las siete de la mañana, con el detalle que no sabía de que día, estaba totalmente desentendida, el cambio de horario y de estación del año me desoriento completamente. De pronto el taxi frenó. Frente a mi un gran cartel que decía Bienvenidos a Aguada del Zorro. Había llegado. Después de tanta travesía, baje del auto, agarre mi maleta y comencé a caminar por el costado de la ruta que entraba al pueblo.

El lugar era majestuoso, las montañas no podían ser tomadas como algo imperceptible, se elevaban alrededor de todo el horizonte, mostrando sus picos nevados, todo lo demás era muy verde. La mañana amanecía con bastante bruma, seguramente se debería a la temporada del año que estábamos pasando. Realmente podía sentir la helada penetrando en mis huesos.
A pesar que la visión no era muy buena, pude vislumbrar a lo lejos un hombre sobre un caballo, lo cual me sorprendió mucho, una imagen así no es muy común en Seattle. Avance hasta el sujeto. Era alto, de piel morena, de ojos negros como la noche, de una complexión delgada, pero no mucho. Me miró de una forma muy desconfiada. Trate de recordar las clases del colegio y todas esas charlas con mi abuela en español. Respiré ondo y al final hablé. –Buenos días señor, acabo de llegar al pueblo, necesitaría que me indique como llegar a esta casa- Y saque del bolsillo de la campera la fotografía. Se la alcance para que la viera, su rostro se puso tenso, su mirada se endureció, y me devolvió la fotografía. Levanto su mano y me indico con voz grave:- Camina por la senda hasta donde termina, cuando llegues allí, encontraras a alguien, sabrán guiarte.- Agradecí por su gentileza, y retome camino.
La maleta era realmente pesada, por momento odiaba haber llevado tanta ropa, pero por otros estaba agradecida, la mañana era realmente fría. Camine largo trecho, momento a momento la ansiedad aumenta, de modo que no se cuanto tiempo anduve, cada vez confirmaba mas mi perdida de tiempo y espacio. Logré ver a lo lejos que la calle terminaba con unos pinos que se elevaban a una altura que no podría asegurar, me topé con un anciano mirando la nada, sentado en la puerta de una proveeduría. Me dirigí hacia él y le realice el mismo cuestionario que al hombre anterior. Pero esta vez la reacción del sujeto fue muy diferente. Con su mano temblorosa señaló hacia el bosque. Me informó que me dirija montaña arriba unos mil metros y me cruzaría con lo que buscaba.
Al escuchar esas palabras, la adrenalina recorrió todo mi cuerpo, el corazón aumento sus latidos, la respiración se agito acompasadamente. Agradecí la ayuda y me voltee para seguir camino. De repente me sobresalté, el anciano me tomo del brazo, volví mí vista hacia é. Nuestras miradas se cruzaron, sus ojos me penetraron, no me había dado cuenta que esos ojos no eran como cualquiera que allá visto antes, sobre todo por el color, eran azules, un azul tan claro que su pupila dibujaba un lunar negro en su interior. Mi cara se puso blanca, y con voz serena y en un casi susurro me dijo:- Cuídate, hace años que nadie va por esos lares, presta atención a la noche. Se astuta y no la desafíes.- un escalofrío me recorrió espalda. Esas palabras me recordaron al momento en que mi abuela me había entregado el libro. En voz muy baja dije en ingles:- todos en este pueblo van a mostrarse tan misteriosos, ¡Por favor!, acaso salieron de una película de Hitchcock. El hombre me siguió mirando, pero retiro su mano de mi brazo y se marcho.
En ese mismo momento, no entendiendo la situación que había pasado, respire ondo y continúe por camino que me había indicado.
Los pies me pesaban, no se como mi cuerpo pudo soportar tantas exigencias. Mis brazos eran delgados, al igual que mis piernas, tenía una contextura física más bien debilucha, pero creo que me subestimé. A pesar que nunca me había expuesto tanto a los cambios bruscos de clima, recorrer largas distancias, no solo caminando sino con un enorme bulto al hombro y ya no recordaba cuanto tiempo pasó desde mi último descanso. No era por que no me gustara la aventura, sino porque prefería comportarme correctamente, o sea como Elba quería, antes de escuchar sus consejos de doctora. Para ella todo era perjudicial. Si salía con nieve podía resfriarme, adquirir neumonía y no se cuantas enfermedades mas, el excesivo peso me provocaría escoliosis, siempre estaba el no en lo que se refiriera a grandes esfuerzos. Elba, ¿Qué estaría haciendo? ¿Cómo habría reaccionado ante la noticia de mi huída? En realidad si una vaga idea rondaba mi cabeza con las posibles respuestas, pero no quería detenerme a pensar en ellas. Una vez que me instalase, bajaría al pueblo a llamarle.
Levante la viste y la vi, ante mis ojos y perdida entre unos árboles lograba vislumbrar la cabaña. Me detuve baje el bolso y introduje la mano dentro del bolsillo de la chaqueta. Saqué la foto y la miré. Ahí estaba, la había encontrado. A pocos metros pero a la vez mezclada con la espesura del monte, se elevaba la famosa casa, famosa, porque yo la consideraba así, toda mi locura de viaje se debía a esa imagen y ahí estaba, frente a mi como hacia años lo fue para quien tomó la fotografía. La mirada se me ilumino y nada más me importo, todo lo que quería estaba ahí, ante mis ojos. La sonrisa me dibujó la cara, tome impulso y recorrí los pocos metros que me separaban de ella.